A menudo tendemos a identificar la filosofía medieval como un método de creación dogmática religiosa, concretamente, católica. Sin embargo esta afirmación debe ser matizada, puesto que la pretensión de los autores (incluso de los cristianos) no contaban con ese enfoque.
Es cierto que Dios custodia todo ideal, y que un demonio juega a enredar al hombre con tentaciones. También es cierto que las buenas acciones avalan en este contexto el paso a la vida eterna, y que las malas propician el infierno. No obstante dichas acciones se contemplan y presuponen tanto para falsos creyentes como para creyentes sinceros, ergo Dios no puede ser el tema directo, sino que lo es la disyuntiva entre el bien y el mal.
Así lo cuenta San Agustín de Hipona en La Ciudad de Dios. Todo hombre bueno que actúe correctamente, ya sea guiado por la fe o por su razón, formará parte de la ciudad de Dios, aunque ni siquiera creyera en Él.
Puede que a veces triunfe la ciudad terrena, que ambición y egoísmo puedan con bondad y altruismo. A fin de cuentas el bien parece tener una cuota de poder inferior a la tentación del mal en el hombre. El mal camino, el prohibido, siempre resulta más atrayente, porque es más fácil que el bien, más rápido, para conseguir lo que se quiere. Es el camino del interés, y también el del sufrimiento. Porque detrás de una decisión perversa siempre se esconde una porción de dolor.
Filósofos posteriores dirán que el hombre es malo por naturaleza, o que, al menos, la sociedad lo corrompe. Tal vez ese sea el problema: que la realidad es cíclica en todos sus ámbitos y el mundo terrenal se haya configurado en un bucle de mal y sufrimiento: sufrimiento que en última instancia trae el actuar mal; mal que intenta buscar una salida al sufrimiento.
Pero en el fondo, en todo corazón quedan candentes las brasas del bien. Por muy terrenas que sean las entrañas del hombre, su alma, por naturaleza, conserva algo de la pureza que la originó. Es el sustrato del hombre, y hará que el devenir de los tiempos y realidades haga triunfar la ciudad de Dios.
San Agustín creía en la bondad del hombre, y exista o no exista la ciudad de Dios (si lo hace será en otro mundo, en uno perfecto donde nada tiente a ser perverso, igual que ocurre al observar el cielo nocturno, cuando las estrellas parecen purificar los corazones heridos), hemos visto surgir el bien de las cenizas del mundo. Hemos visto unirse las manos cuando este se derrumba.
Tal vez sea cierto que los contrarios se generan. Quizá el bien nace para contrarrestar al mal, o puede que más bien sea este el que constantemente trate de derrocarlo, sin poder. Tal vez de las ruinas terrenas finalmente termina surgiendo la ciudad de Dios, aunque el mal amenace con volver a corromperla. Es posible que en verdad el sufrimiento sea la articulación entre ambos opuestos, el motor de la historia. Por tanto para evitar que el mal surja ayudaría eliminar el sufrimiento, pero, ¿cómo hacerlo? Los filósofos medievales, entre ellos San Agustín, dirán que entregándose a la fe en Dios, ya que él sabá cómo guiarnos a su ciudad.
Tal vez sea cierto que los contrarios se generan. Quizá el bien nace para contrarrestar al mal, o puede que más bien sea este el que constantemente trate de derrocarlo, sin poder. Tal vez de las ruinas terrenas finalmente termina surgiendo la ciudad de Dios, aunque el mal amenace con volver a corromperla. Es posible que en verdad el sufrimiento sea la articulación entre ambos opuestos, el motor de la historia. Por tanto para evitar que el mal surja ayudaría eliminar el sufrimiento, pero, ¿cómo hacerlo? Los filósofos medievales, entre ellos San Agustín, dirán que entregándose a la fe en Dios, ya que él sabá cómo guiarnos a su ciudad.

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