Bien es sabido que en el Medievo todo avance científico
estuvo subyugado al control de la Iglesia. Los filósofos se ocuparon, no
obstante, de la esfera matemática indagando en diferentes conceptos, todo
siempre asegurándose de no contradecir el ideal católico.
Así hablan, por ejemplo, San Agustín y Boecio del concepto de
círculo, utilizándolo para explicar la relación del hombre con la divinidad.
San Agustín realizó una especie de experimento mental que podemos repetir hoy.
La prueba consiste en imaginar un círculo, el círculo más pequeño posible.
Sea como sea dicho círculo, podremos trazar otro concéntrico
dentro del mismo. Y si se distingue un centro para este, también será posible
introducir un tercer círculo más pequeño, y un cuarto y un quinto, y así hasta
que el círculo sea tan pequeño que sea semejante a un punto. Ese punto
representa la bondad, y en tanto que se puede realizar la misma construcción
pero a la inversa, también se relaciona con la divinidad. Estos es, si es
posible imaginar un círculo tan infinitamente pequeño que deba representarse,
por fuerza, con un punto, también puede pensarse en un círculo tan
infinitamente grande que, sin perder de vista en lo mental sus límites, sería
omniabarcante, puesto que no tendría fin, y pese a ello pensaríamos en un
círculo. Infinito, pero circular a fin de cuentas.
Esa “utopía a lo grande” representaría la divinidad. Al igual
que nuestro círculo, es imaginable, pensable y hay lugar para la especulación
sobre la misma, y sin embargo, es inconcreta e indefinible con exactitud.
Sobre el mismo supuesto Boecio identificaría ambos círculos
como concéntricos. Hablaría de uno mismo, como centro puntual, como bondad
identificada como ser del hombre, y de todo lo restante, lo que se extiende
entre dos extremos, diría que se trata del destino.
Me pregunto si Boecio vería la identidad indefinida de ambos
conceptos. El destino se equipara al conjunto indefinido entre los elementos en
cuestión por la indeterminación. Sin embargo debe haber algo que los relacione,
puesto que un círculo, aunque sea infinito, no puede pensarse sin su centro, su
circunferencia y su superficie. Así habrá de ser la realidad, donde lo
trascendente fundamenta lo corpóreo, pero necesite de esto para materializarse.
Tal vez a esto se refería Parménides con sus características
del Ser. Llámese Ser, llámese ente supremo, llámese Dios, los medievales
parecen adoptar una vez más el fundamento griego clásico hasta hacerlo suyo. Quizá debido a esto las representaciones pictóricas siempre relacionen lo circular con lo que todo lo abarca, con las areolas de los santos y el límite que en la misma imagen de cabecera seleccionada para este blog, rodea a las artes liberales. Todo conlleva un marcado matiz de perfección y rotundidad infinita.
Otras cuestiones relativas a la matemática medieval serán abordadas más adelante.

