Algunas citas dignas de recuerdo


martes, 28 de febrero de 2017

Sobre la circularidad

Bien es sabido que en el Medievo todo avance científico estuvo subyugado al control de la Iglesia. Los filósofos se ocuparon, no obstante, de la esfera matemática indagando en diferentes conceptos, todo siempre asegurándose de no contradecir el ideal católico.
Así hablan, por ejemplo, San Agustín y Boecio del concepto de círculo, utilizándolo para explicar la relación del hombre con la divinidad. San Agustín realizó una especie de experimento mental que podemos repetir hoy. La prueba consiste en imaginar un círculo, el círculo más pequeño posible.
Sea como sea dicho círculo, podremos trazar otro concéntrico dentro del mismo. Y si se distingue un centro para este, también será posible introducir un tercer círculo más pequeño, y un cuarto y un quinto, y así hasta que el círculo sea tan pequeño que sea semejante a un punto. Ese punto representa la bondad, y en tanto que se puede realizar la misma construcción pero a la inversa, también se relaciona con la divinidad. Estos es, si es posible imaginar un círculo tan infinitamente pequeño que deba representarse, por fuerza, con un punto, también puede pensarse en un círculo tan infinitamente grande que, sin perder de vista en lo mental sus límites, sería omniabarcante, puesto que no tendría fin, y pese a ello pensaríamos en un círculo. Infinito, pero circular a fin de cuentas.
Esa “utopía a lo grande” representaría la divinidad. Al igual que nuestro círculo, es imaginable, pensable y hay lugar para la especulación sobre la misma, y sin embargo, es inconcreta e indefinible con exactitud.
Sobre el mismo supuesto Boecio identificaría ambos círculos como concéntricos. Hablaría de uno mismo, como centro puntual, como bondad identificada como ser del hombre, y de todo lo restante, lo que se extiende entre dos extremos, diría que se trata del destino.
Me pregunto si Boecio vería la identidad indefinida de ambos conceptos. El destino se equipara al conjunto indefinido entre los elementos en cuestión por la indeterminación. Sin embargo debe haber algo que los relacione, puesto que un círculo, aunque sea infinito, no puede pensarse sin su centro, su circunferencia y su superficie. Así habrá de ser la realidad, donde lo trascendente fundamenta lo corpóreo, pero necesite de esto para materializarse.

Tal vez a esto se refería Parménides con sus características del Ser. Llámese Ser, llámese ente supremo, llámese Dios, los medievales parecen adoptar una vez más el fundamento griego clásico hasta hacerlo suyo. Quizá debido a esto las representaciones pictóricas siempre relacionen lo circular con lo que todo lo abarca, con las areolas de los santos y el límite que en la misma imagen de cabecera seleccionada para este blog, rodea a las artes liberales. Todo conlleva un marcado matiz de perfección y rotundidad infinita. 
Otras cuestiones relativas a la matemática medieval serán abordadas más adelante. 

domingo, 19 de febrero de 2017

El sufrimiento y la ciudad de Dios

A menudo tendemos a identificar la filosofía medieval como un método de creación dogmática religiosa, concretamente, católica. Sin embargo esta afirmación debe ser matizada, puesto que la pretensión de los autores (incluso de los cristianos) no contaban con ese enfoque.
Es cierto que Dios custodia todo ideal, y que un demonio juega a enredar al hombre con tentaciones. También es cierto que las buenas acciones avalan en este contexto el paso a la vida eterna, y que las malas propician el infierno. No obstante dichas acciones se contemplan y presuponen tanto para falsos creyentes como para creyentes sinceros, ergo Dios no puede ser el tema directo, sino que lo es la disyuntiva entre el bien y el mal. 
Así lo cuenta San Agustín de Hipona en La Ciudad de Dios. Todo hombre bueno que actúe correctamente, ya sea guiado por la fe o por su razón, formará parte de la ciudad de Dios, aunque ni siquiera creyera en Él. 
Puede que a veces triunfe la ciudad terrena, que ambición y egoísmo puedan con bondad y altruismo. A fin de cuentas el bien parece tener una cuota de poder inferior a la tentación del mal en el hombre. El mal camino, el prohibido, siempre resulta más atrayente, porque es más fácil que el bien, más rápido, para conseguir lo que se quiere. Es el camino del interés, y también el del sufrimiento. Porque detrás de una decisión perversa siempre se esconde una porción de dolor. 
Filósofos posteriores dirán que el hombre es malo por naturaleza, o que, al menos, la sociedad lo corrompe. Tal vez ese sea el problema: que la realidad es cíclica en todos sus ámbitos y el mundo terrenal se haya configurado en un bucle de mal y sufrimiento: sufrimiento que en última instancia trae el actuar mal; mal que intenta buscar una salida al sufrimiento. 
Pero en el fondo, en todo corazón quedan candentes las brasas del bien. Por muy terrenas que sean las entrañas del hombre, su alma, por naturaleza, conserva algo de la pureza que la originó. Es el sustrato del hombre, y hará que el devenir de los tiempos y realidades haga triunfar la ciudad de Dios. 
San Agustín creía en la bondad del hombre, y exista o no exista la ciudad de Dios (si lo hace será en otro mundo, en uno perfecto donde nada tiente a ser perverso, igual que ocurre al observar el cielo nocturno, cuando las estrellas parecen purificar los corazones heridos), hemos visto surgir el bien de las cenizas del mundo. Hemos visto unirse las manos cuando este se derrumba. 
Tal vez sea cierto que los contrarios se generan. Quizá el bien nace para contrarrestar al mal, o puede que más bien sea este el que constantemente trate de derrocarlo, sin poder. Tal vez de las ruinas terrenas finalmente termina surgiendo la ciudad de Dios, aunque el mal amenace con volver a corromperla. Es posible que en verdad el sufrimiento sea la articulación entre ambos opuestos, el motor de la historia. Por tanto para evitar que el mal surja ayudaría eliminar el sufrimiento, pero, ¿cómo hacerlo? Los filósofos medievales, entre ellos San Agustín, dirán que entregándose a la fe en Dios, ya que él sabá cómo guiarnos a su ciudad.   

sábado, 18 de febrero de 2017

De los antiguos al Medievo: sobre la mujer y la virtud

La primera clase de Filosofía Medieval arrancó con el análisis de una ilustración de la época. La imagen mostraba una figura femenina (la Filosofía) custodiada por dos centinelas: la Teoría y la Práctica. Filosofía porta una corona de tres cimas, correspondientes a las materias que trata la filosofía: el lenguaje (el vehículo para transmitir conocimiento, comunicar), los objetos (la materia de conocimiento) y la costumbre.
El manuscrito que contiene esta imagen interpreta la filosofía desde un punto de vista teológico (así lo muestran las inscripciones que en ella aparecen: todas refieren en modo alguno a la perfección, la virtud o el sometimiento del hombre a un ente superior). El estudio de la filosofía, la búsqueda del conocimiento en general, se equiparan con la contemplación de los cielos, de algo situado categóricamente por encima del hombre. Aunque este tema se abordará en otra entrada, cabe hacer mención de ello ahora, puesto que en la figura de Filosofía se buscaba plasmar la perfección, la fascinación hallada en los cielos, y esta se identificó con la imagen de una mujer.
Filosofía es nombre de mujer. Tanto el nombre como todas las representaciones pictóricas que aluden a ella escogen la imagen femenina para personificar la tarea de los pensadores durante toda la historia del pensamiento. En clase se planteó esta cuestión y surgieron múltiples porqués deseosos de dar una explicación, y curiosamente, todos fueron dados por válidos.
Y es que resulta verosímil pensar que sea una representación de Gea, una alegoría a la figura de la madre (en referencia a la mayéutica), una mención implícita a la definición nominativa que da Platón en El Banquete (filosofía es amor al saber, y dado que es el hombre quien la ejercita, quien lo busca, trasladándonos históricamente es posible pensar en la mujer como el objeto amado), o como un ideal de perfección y virtud. Sea como fuere se vislumbran connotaciones positivas entorno a la figura femenina.
Es curioso. El filósofo (varón) reconoce a la mujer como símbolo. El problema es que ahí queda. Que la realidad fáctica no plasma la alegoría y el esplendor femenino queda reducido a ese plano: al mito, a la metáfora. Y no somos una metáfora.
La historia nos ha representado tradicionalmente como el sexo débil, subordinado a las decisiones del hombre. En el Medievo (y no sólo entonces, sino hasta bien entrado el siglo pasado, si bien es cierto que se percibe un ligero avance a través del tiempo) no hubo propietarias, curanderas, escritoras, pensadoras (a efectos públicos, porque haberlas las hubo, pero poca difusión tuvieron sus escritos), etcétera.
Este es un blog de Filosofía Medieval, pero más que de la época en sí me interesa ahora referir  las influencias, porque lo clásico es su origen y fundamento, el mundo sensible parece pedir que le eche algo en cara, y porque por una vez la experiencia parece probar la imperfección que Platón le otorgaba. Si la mujer fuera el ideal de virtud que habita el mundo inteligible, el hombre parece manifestarse, según lo visto, como la plasmación torpe de la idea en el campo sensible. Así se revela al menos él mismo cuando coacciona a la mujer alegando el mantenimiento de lo virtuoso en ella, pues al querer conservarla por la fuerza, elimina su propia virtud.

De la fuente platónica bebieron los principales filósofos medievales, los cuales, se dice, lo cristianizaron, y el cristianismo, culmen del pensamiento antiguo, reza a su Madre, símbolo de perfección y pureza. Y tropieza en la misma piedra que sus contemporáneos. La mujer, para ser virtuosa, parece deber una mitificación de sí misma, cuando posee el mismo instrumento que el hombre para alcanzar la virtud. Ese que, como ser humano, le es propio: la razón. Porque la virtud no está en lo divino. Está en lo racional. 

La imagen 
*Textos que aparecen en la imagen (del documento "Introducción a la Filosofía Medieval, Dr. Rafael Ramón Guerrero - Dr. José Higuera Rubio): 
 (Arriba-Derecha) Vite gutta pie preit omni philosophie (toda filosofía es una gota de virtud). Philosophia (Arco centro): Philosophia contemplativa/Theologia/ Philosophia practica/Scientia. (Arco izq. a der.) Per me calcavit per me qui cuncta creauit colla superbonorum summus deus ipse deorum (A través de mi todo ha pasado y por mí se ha creado en la altura del supremo bien). (Figura central) Hec regina pia prudens est philosophia (Reina devota y prudente es la filosofía). (Libro) Subdo mihi gentes, per me regnant quoque reges (Estoy en todos los pueblos y por mí los reyes gobiernan). (Figura izq.) Qui contemplator celestia me uenerantur (Quien contempla los cielos me sigue). (Figura der.) Hii qui sectantur mundana michi famulantur (Aquel que se aleja del mundo es mi servidor). (Parte inferior) Nabuchonodosor: Rex deus eternus a cunctis est metuendus (Dios, rey eterno, por todos temido). Antiochus Rex: Sit subiectus homo summon iure deo (El hombre está sujeto al juicio supremo de dios).

jueves, 16 de febrero de 2017

¿QUÉ ES CONECT@VERROES?

Con objeto de lograr un mayor acercamiento al pensamiento medieval e incentivar la reflexión personal sobre los asuntos más relevantes tratados en clase, se acordó crear un espacio abierto al público que sirviera de posible fuente de información o conocimiento para otros. No sólo buscamos llevar la reflexión fuera del aula, sino que esto permitirá desarrollar y motivar nuestro espíritu investigador y analítico. Buscamos una nueva forma de crear contenido: el nuestro propio. Y este, CONECT@VERROES, es mi granito de arena. 
Para la clase de Historia de la Filosofía Medieval de primer curso del Doble Grado en Derecho y Filosofía, en el aula 1114 del edificio Multiusos de la Universidad Complutense de Madrid (campus de Ciudad Universitaria). 
Filofilósofos del exterior, sed bienvenidos.